| Así,
como estatuas de sal, nos quedamos todos embaucados por aquellos
hilos de algodón que mansamente van recubriendo el
suelo del patio interior. Otros hilos no vistos, se entremezclaron
en mi corazón de niño y eché de menos:
El helado que mi madre nos compuso de hielo y azúcar
candeal, el calor de sus manos envolviéndome en los
abrigos y bufandas, el acurruco al volver a los camastros
y los sonoros y repetitivos besos de madre en mis mejillas.
Como estatuas de sal, peleles aglutinados, nos quedamos allí,
cada uno sumido en sus recuerdos. Otro toque de campana y
bajamos al comedor siempre frío hasta que nuestro propio
calor lo recaliente. Mañana haremos una guerra de pelotas
de nieve. Mañana jugaremos con esas pelotas de algodón
que el viento mece…
Estos recuerdos me han cortado el apetito, yo tan voraz, no
he cenado. No porque la cena fuera mala. Tampoco el lóbrego
comedor estaba tan frío. Y el dormitorio constantemente
a veinte grados centígrados, seguía tan acogedor,
con sus rinconcitos, la cama entre los dos armarios puertas
abiertas, almohadas de plumas, mantas de merino, mullido colchón.
Pero eché de menos el aliento de olor a camuesa de
mamá cuando, en la barraca se acercaba para besuquearme,
como si quisiese recuperar el tiempo perdido. Allí
en el dormitorio del seminario, nadie vino a calarme la cobija;
ni tan siquiera podía sentir la presencia inquieta
de mi hermano chico. Por primera vez en mi vida, sentí
el peso de la soledad. La extrañeza del lugar donde
tan pocas raíces yo tenía.
La tibieza del amor familiar, me hicieron añorar aquella
mísera barraca, donde te acurrucan por la noche, aunque
sea envolviéndote en harapos; donde unos copitos de
nieve se transforman en
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Una
copa de helado, azúcar candeal,
canela en rama con sabor a fresa,
nata montada, Manzana camuesa
Azúcar y canela, anís sobre prestiño,
Y miel de hojuelas.
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