La Conreria
Antics alumnes del
Seminari Menor de Sta. Maria de Montalegre
 
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2010
   
 


Justo Hernández (1953-1957)





En Justo ens envia el relat de la seva primera experiència amb la neu.

 

 
     
 
 

 

1- La primera vez que vi la nieve

Tendría yo entonces unos seis o siete años. Los fracasos políticos y financieros de mis padres nos han escupido de la tierra que nos vio nacer y nos han empujado a venir a esta Ciudad Condal donde es más fácil perderse entre desconocidos, aceptar cualquier trabajo por sórdido que sea para intentar enderezar el destino de la familia. Oía continuamente lamentarse a mi padre de la ruina que el “Régimen” nos ha traído, acurrucado en el rincón de la mesa camilla, tiritando todos de frío en aquella barraca de cartón, favela y ripio de la hermosa Barcelona:

- ¡Ojalá vengan pronto los del sombrero de paja!

Jaculatoria recurrente de papá, que se nos va pegando a todos, aunque sin saber bien quiénes son esos que vendrán con sombrero de paja y todo a devolvernos el bienestar perdido. Para mí, tan pequeño, la bienandanza disipada era tan sólo una quimera de papá. Para mí, la bonanza hasta entonces consistía en poder salir a jugar al bolindre, al sol en las pizarras de las aceras, cazar nidos de gorriones, correr detrás del perro que lleva la lata atada al rabo, empezar la escuela con el maestro don Manuel, subir al castillo a buscar el tesoro de los moros, ir a acurrucarme un ratito junto a mi abuela Juana que siempre estaba rezando a las estampas que tenía en el granero, y que por subir con ella a orar, me daba unas algarrobas que yo debía comer de espaldas a los santos.

Pero todas esas cosas las perdí, el día que papá y mamá tuvieron que abandonar el terruño en busca de mejor vida: Una barraca húmeda, en tierra de nadie, la boira por las mañanas, un día bueno y diez lluviosos, desperdicios en el plato, cuando plato había de comida, harapos como vestimenta, alpargatas de suela de goma, abandono familiar, mamá haciendo faenas, papá por fin trabajando –bajo sospecha del gallego triunfante - en la reforma del aeropuerto.

Ahora que los años me han sumergido, me doy cuenta de que inconscientemente, el niño que yo era, buscaba soluciones a aquel estado de miserias, con lo que a su alcance y poder estaba: Ir a ayudar a sacar las barcas de los pescadores del Somatén, por un plato de morralla, recorrer las vías del tren en busca de carbonilla para la cocina de mamá, revisar los vagones del tren que traían las naranjas de Valencia, en busca de alguna entera entre las aplastadas, cuando el guarda estaba de buen humor y nos dejaba entrar.

- Tengo que ir al colegio a inscribirte para este curso. – Decía mi padre- Te estás haciendo un vago inculto, sólo pensando en jugar a las chapas, y en ir por ahí detrás de los gorriatos. Iré a ver a los maestros de Luis Antúnez, mañana mismo. Les pediré que te acojan aunque sea la mitad del curso.

- Será para el año que viene, que ahora debe que guardar al niño chico, contestaba mi madre

- Pues tiene que repasar algún libro: Una gramática, hacer caligrafía… aprenderse la tabla de multiplicar… No se puede quedar así, sin estudiar todo un año. Y si no, lo pongo a aprender un oficio… De lo que sea. Basta de juegos. He visto un taller de barnizados en la calle Escudillers que…

- El niño juega cuando yo vuelvo de las faenas. Cuando no estoy, bien que se encarga de su hermano chico, que lo hace mejor que la niña. No me lo metas ya, en el yugo, -Retruca mamá, siempre pronta a defender sus cachorros.

Cuando papá cogía la vena pedagógica, yo prefería acostarme. Hace más de un año que dejamos el pueblo y no he vuelto a la escuela, ni ganas que tenía de volver. Los últimos recuerdos de la escuela de Alconchel, se me embarrullan entre cánticos de falangistas que forman junto a la estrellas, remojones en las charcas que hace el rio Táliga y caza de lagartos que luego asábamos en la lumbre de la abuela que nos ve hacer con horror.

En esta nueva vida, allá en donde la ciudad ya no es más que desperdicios, me duermo pensado en mañana, en las pelotas que podríamos Antonio el de la Fefa y yo, encontrar en la playa, de las que salían de las alcantarillas de Barcelona, o en el nido que vi en un árbol de la explanada del dispensario. Sólo un amargor de boca imaginario, me hace pensar en el otro paraíso perdido; y del presente, no quiero ver más que hoy, el juego proyectado, el plato quizás de tronchos de col o remolacha que mamá está terminando de cocinar…

 
 

 

 

 
 
 
     
   
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