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Tendría
yo entonces unos seis o siete años. Los fracasos políticos
y financieros de mis padres nos han escupido de la tierra
que nos vio nacer y nos han empujado a venir a esta Ciudad
Condal donde es más fácil perderse entre desconocidos,
aceptar cualquier trabajo por sórdido que sea para
intentar enderezar el destino de la familia. Oía continuamente
lamentarse a mi padre de la ruina que el “Régimen”
nos ha traído, acurrucado en el rincón de la
mesa camilla, tiritando todos de frío en aquella barraca
de cartón, favela y ripio de la hermosa Barcelona:
- ¡Ojalá vengan pronto los del sombrero de paja!
Jaculatoria recurrente de papá, que se nos va pegando
a todos, aunque sin saber bien quiénes son esos que
vendrán con sombrero de paja y todo a devolvernos el
bienestar perdido. Para mí, tan pequeño, la
bienandanza disipada era tan sólo una quimera de papá.
Para mí, la bonanza hasta entonces consistía
en poder salir a jugar al bolindre, al sol en las pizarras
de las aceras, cazar nidos de gorriones, correr detrás
del perro que lleva la lata atada al rabo, empezar la escuela
con el maestro don Manuel, subir al castillo a buscar el tesoro
de los moros, ir a acurrucarme un ratito junto a mi abuela
Juana que siempre estaba rezando a las estampas que tenía
en el granero, y que por subir con ella a orar, me daba unas
algarrobas que yo debía comer de espaldas a los santos.
Pero todas esas cosas las perdí, el día que
papá y mamá tuvieron que abandonar el terruño
en busca de mejor vida: Una barraca húmeda, en tierra
de nadie, la boira por las mañanas, un día bueno
y diez lluviosos, desperdicios en el plato, cuando plato había
de comida, harapos como vestimenta, alpargatas de suela de
goma, abandono familiar, mamá haciendo faenas, papá
por fin trabajando –bajo sospecha del gallego triunfante
- en la reforma del aeropuerto.
Ahora que los años me han sumergido, me doy cuenta
de que inconscientemente, el niño que yo era, buscaba
soluciones a aquel estado de miserias, con lo que a su alcance
y poder estaba: Ir a ayudar a sacar las barcas de los pescadores
del Somatén, por un plato de morralla, recorrer las
vías del tren en busca de carbonilla para la cocina
de mamá, revisar los vagones del tren que traían
las naranjas de Valencia, en busca de alguna entera entre
las aplastadas, cuando el guarda estaba de buen humor y nos
dejaba entrar.
- Tengo que ir al colegio a inscribirte para este curso. –
Decía mi padre- Te estás haciendo un vago inculto,
sólo pensando en jugar a las chapas, y en ir por ahí
detrás de los gorriatos. Iré a ver a los maestros
de Luis Antúnez, mañana mismo. Les pediré
que te acojan aunque sea la mitad del curso.
- Será para el año que viene, que ahora debe
que guardar al niño chico, contestaba mi madre
- Pues tiene que repasar algún libro: Una gramática,
hacer caligrafía… aprenderse la tabla de multiplicar…
No se puede quedar así, sin estudiar todo un año.
Y si no, lo pongo a aprender un oficio… De lo que sea.
Basta de juegos. He visto un taller de barnizados en la calle
Escudillers que…
- El niño juega cuando yo vuelvo de las faenas. Cuando
no estoy, bien que se encarga de su hermano chico, que lo
hace mejor que la niña. No me lo metas ya, en el yugo,
-Retruca mamá, siempre pronta a defender sus cachorros.
Cuando papá cogía la vena pedagógica,
yo prefería acostarme. Hace más de un año
que dejamos el pueblo y no he vuelto a la escuela, ni ganas
que tenía de volver. Los últimos recuerdos de
la escuela de Alconchel, se me embarrullan entre cánticos
de falangistas que forman junto a la estrellas, remojones
en las charcas que hace el rio Táliga y caza de lagartos
que luego asábamos en la lumbre de la abuela que nos
ve hacer con horror.
En esta nueva vida, allá en donde la ciudad ya no es
más que desperdicios, me duermo pensado en mañana,
en las pelotas que podríamos Antonio el de la Fefa
y yo, encontrar en la playa, de las que salían de las
alcantarillas de Barcelona, o en el nido que vi en un árbol
de la explanada del dispensario. Sólo un amargor de
boca imaginario, me hace pensar en el otro paraíso
perdido; y del presente, no quiero ver más que hoy,
el juego proyectado, el plato quizás de tronchos de
col o remolacha que mamá está terminando de
cocinar…
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